Para los movimientos por la vivienda en España, la cultura se ha convertido en una nueva forma de resistencia

Autora: Leah Pattem (Artículo publicado originalmente en The Guardian)

La crisis de la vivienda en España acabó alcanzando a los inquilinos de la calle Tribulete 7 cuando su edificio fue vendido a un fondo buitre. Hicieron todo lo que se supone que hay que hacer: organizar reuniones, ponerse en contacto con el Sindicato de Inquilinas y encontrar una abogada. También protestaron, hablaron con periodistas y crearon una cuenta de Instagram. Pero además hicieron algo que yo nunca había visto.

Abrieron las puertas de sus casas al público e invitaron a músicos a tocar dentro, atrayendo la atención hacia los mismos pisos y locales que, de repente, estaban en peligro. Un mes después de transformar todo el edificio en un musical de cinco plantas, dieron la vuelta a la idea y sacaron sus muebles a la calle. Los inquilinos cocinaron, jugaron al ajedrez en bata, teletrabajaron, tejieron mientras se balanceaban en sus sillones al ritmo de una banda local que interpretaba una versión de metales de Freed From Desire. Fue una espectacular representación teatral de la vida cotidiana de personas reales, pero también una lucha por sus vidas.

Un concierto organizado por los vecinos de Tribulete 7 © Leah Pattem

En los años posteriores a la crisis financiera de 2008, los movimientos por la vivienda en España fueron cambiando poco a poco de estrategia. Entonces, el principal problema eran los bancos y el frente más visible era la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), creada para luchar contra los desahucios tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. Aunque la PAH sigue siendo igual de relevante hoy, la crisis de la vivienda también ha pasado a estar marcada por la compra de edificios residenciales enteros —algunos con un centenar de inquilinos— por parte de fondos de inversión extranjeros como Blackstone.

El Sindicato de Inquilinas ha emergido como la nueva voz de la lucha por la vivienda y, al igual que los vecinos de Tribulete 7, también utiliza la cultura como una forma de acción directa. La noche anterior al desahucio de Mariano Ordaz, de 67 años, de su casa en el centro de Madrid por parte de una orden religiosa, apenas unos días antes de la visita del Papa, el sindicato organizó música y bailes en la calle, creando un sentimiento de esperanza y solidaridad en el barrio.

La cobertura mediática de la crisis de la vivienda en España también ha evolucionado. Durante décadas, fotógrafos como Olmo Calvo y Alberto Astudillo documentaron los casos más brutales: policías armados derribando puertas, pertenencias personales amontonadas en las aceras, padres desesperados intentando proteger a sus hijos del trauma. Pero empieza a surgir una nueva forma de contar estas historias, más pausada y de largo recorrido, que pone el foco en celebrar aquello que corre un riesgo inminente de desaparecer, con la esperanza de que el propio acto de celebrar inspire a la ciudadanía a movilizarse para defender su derecho a una vivienda digna.

Nani, vecina de Tribulete 7, protesta contra el fondo buitre que compró su vivienda © Leah Pattem

Eso es precisamente en lo que mi compañera documentalista Elisa González y yo hemos estado inmersas durante los últimos dos años, en nuestro propio barrio de Lavapiés, en el centro de Madrid. Desde que un centenar de nuestros vecinos supieron que su edificio había sido vendido a un fondo buitre, hemos acompañado su recorrido, que culminó en nuestro primer largometraje documental, Soy Tribulete 7. Desde aquel primer día de conciertos en los salones de las casas, comprendimos que no estábamos simplemente documentando otro edificio atrapado en la crisis de la vivienda española; estábamos presenciando el nacimiento de un nuevo movimiento social.

Los vecinos de Tribulete 7 representan una muestra muy reconocible de la sociedad de Lavapiés: familias jóvenes, pensionistas, mujeres que viven solas, personas migrantes, docentes, sanitarios, escritores, actores y músicos. Todos forman parte del tejido cultural del barrio, conocido por su creatividad y por su larga tradición de resistencia. Así que, cuando sus hogares se vieron amenazados, recurrieron de forma casi instintiva a las herramientas que tenían a su alcance: su capital social y cultural. Durante un día, un edificio hasta entonces desconocido de Madrid se convirtió en un escenario para todo el barrio y apareció en todos los informativos. Sin embargo, ese mismo capital cultural sigue estando amenazado.

Piluka actúa en un concierto de salón organizado por los vecinos de Tribulete 7 © Leah Pattem

Nani, que vive en el segundo piso de Tribulete 7, dirige El Elemento, un colectivo de DJs formado por personas con discapacidad. Una de sus artistas más destacadas, DJ Jessy, actuó en la primera protesta musical de los vecinos, dentro de la zapatería del edificio, hoy ya cerrada. La popularidad de DJ Jessy también la llevó al escenario principal de las fiestas del barrio de Madrid, organizadas por el Ayuntamiento. Pero Nani teme por el futuro del colectivo ante la posibilidad de verse obligada a abandonar el barrio. Al Ayuntamiento le encanta exhibir la cultura local, pero muestra muy poco interés por afrontar la crisis de la vivienda que acabará destruyendo precisamente ese tejido cultural.

Y aún hay más. Las recientes reformas urbanísticas de Madrid, presentadas como una forma de regular los alojamientos turísticos, también han facilitado considerablemente la transformación de edificios residenciales enteros en alojamientos turísticos. Lavapiés ya concentra uno de los mayores números de pisos turísticos ilegales de Madrid, y todo apunta a que la situación empeorará. Uno de los primeros edificios de la ciudad que ha caído víctima de este modelo de reconversión está, como no podía ser de otra manera, a apenas unos metros de Tribulete 7, en la calle Lavapiés 50.

Proyección al aire libre de Soy Tribulete 7 en el huerto urbano Esta es una Plaza © David Jar

Para los vecinos de Tribulete 7, la batalla continúa. Tras años poniendo el foco mediático sobre las prácticas de su nuevo casero, los vecinos y su incansable abogada, Alejandra Jacinto Uranga, presentaron lo que podría convertirse en la primera demanda con éxito en España contra un fondo buitre por presunto acoso inmobiliario. Pero, más allá del carácter pionero del caso judicial, de las protestas y de los conciertos comunitarios que se hicieron virales, los vecinos de Tribulete 7 están recurriendo a algo aún más revolucionario: los cuidados comunitarios.

He observado con admiración cómo los vecinos han logrado unir a todo un barrio, dando a la gente un propósito compartido y una alegría colectiva en medio de la crisis de la vivienda más agresiva de Europa. Del mismo modo, organizar proyecciones comunitarias de nuestro documental Soy Tribulete 7 está permitiendo que ese legado continúe. Todas las proyecciones que organizamos son gratuitas y se celebran en espacios cedidos por un teatro, una sala de conciertos, un centro social o un huerto urbano. Después, en el bar, decenas de personas del público nos cuentan que están viviendo la misma situación que los protagonistas y nos preguntan cómo pueden implicarse en esta lucha.

El colectivo de DJs El Elemento pincha una sesión en una sala de conciertos del barrio durante la proyección del documental Soy Tribulete 7 © David Jar

Una de mis proyecciones favoritas hasta ahora fue junto a DJ Jessy, en la sala Club33. Al terminar la película, DJ Jessy y su equipo subieron a la cabina, y el barrio entero llenó la pista de baile en un acto compartido de esperanza por el derecho a la vivienda. Fue un momento que me hizo comprender que la película había cobrado vida propia.

Soy Tribulete 7 demuestra que, al documentar un movimiento social, la propia película puede convertirse en parte de ese movimiento. Del mismo modo que los vecinos utilizaron su capital social y cultural para movilizar a miles de personas, cada proyección que organizamos se ha convertido también en un espacio de cuidados comunitarios y de acción colectiva, y nos sentimos orgullosas de asumir ese papel. Porque la cultura no es simplemente un reflejo de la resistencia: es resistencia, y forma parte de la nueva lucha de España por el derecho a una vivienda digna.


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