Autora y fotografá: Leah Pattem
Hay un breve respiro entre olas de calor y hoy los pinos vibran un poco menos con el estruendo de las cigarras. Alejandro Ibáñez, de 81 años, me espera a la entrada de su bloque de apartamentos y me registra como visitante. Estamos en una de las zonas algo más frescas de La Latina, en el centro de Madrid, cerca del Parque de la Cornisa y junto a la gigantesca basílica de piedra de San Francisco el Grande. Es uno de los rincones más emblemáticos de Madrid, con imponentes edificios religiosos, antiguas calles empedradas y árboles que parecen estar en flor durante todo el año. A Alejandro le encanta vivir aquí.
Caminamos por los jardines de la residencia, que lindan con el muro de ladrillo visto de la basílica. Un amplio huerto, con aspecto de monasterio, produce una abundancia de frutas y verduras, aunque en los últimos meses ha crecido de forma un poco salvaje. Subimos en ascensor hasta la tercera planta y recorremos un pasillo inquietantemente silencioso. Al fondo, la puerta del apartamento de Alejandro está abierta. “Aquí ya no vive nadie más”, dice, encogiéndose de hombros y levantando las palmas de las manos al cielo. “No es que alguien vaya a entrar sin más.”

En el alféizar de su ventana maduran dos tomates, con vistas a la universidad eclesiástica al otro lado de la calle y a un pino repleto de cotorras, cuyas ramas se inclinan por el peso de sus nidos. Alejandro es el último residente de los apartamentos municipales para mayores San Francisco, pero hace apenas dos años tenía 60 vecinos. En 2024, el Ayuntamiento de Madrid ordenó el desalojo urgente de todos los residentes, alegando la necesidad de llevar a cabo unas obras de rehabilitación esenciales que, según afirmaba, solo podían realizarse con el edificio completamente vacío. Sin embargo, nunca se mostró ninguna prueba de los supuestos daños. Alejandro tuvo la corazonada de que a él y a sus vecinos los estaban expulsando injustamente; siempre había sospechado que la Iglesia tenía interés en esos terrenos.
Hace veinte años se diseñó un proyecto para construir un “Mini Vaticano“, aunque nunca llegó a materializarse, después de que una asociación vecinal, bautizada con el nombre del Parque de la Cornisa, lograra frenarlo hasta hacerlo inviable. En su lugar, se prometieron equipamientos municipales, entre ellos una escuela infantil, un polideportivo y una residencia para personas mayores. Sin embargo, los planes para una “Ciudad de la Iglesia” —un gigantesco corredor católico de 25.000 metros cuadrados entre la basílica y la catedral de la Almudena— nunca desaparecieron del todo, y la residencia de Alejandro se encuentra justo en medio.
“Esta es mi casa hasta el día en que me muera, tal y como figura en el contrato”, dice Alejandro, cuya lucha se ha convertido en el corazón de una campaña vecinal respaldada por los miembros de la nueva asociación del barrio, AV La Chispera. “Alejandro resistió, y con motivo”, afirma la asociación. “Su resistencia no ha sido un gesto individual ni un capricho. Ha sido la defensa de algo elemental y colectivo: que ninguna administración puede arrasar derechos y convertir la expulsión de los y las residentes de los apartamentos públicos para mayores de lo que es su hogar en un expediente más.”

Pero mientras Alejandro se ha entregado durante años a una batalla contra el Ayuntamiento, la respuesta de la institución ha sido difundir el relato de que su negativa a marcharse está retrasando las obras de rehabilitación y privando al resto de residentes de recuperar un hogar permanente. La mayoría de los vecinos han sido trasladados a residencias, donde han perdido buena parte de su autonomía y cuyos costes son considerablemente más elevados. Otros viven temporalmente con amigos o familiares. Ha sido una situación difícil para todos y especialmente solitaria para Alejandro. Pero una nueva resolución judicial acaba de darle la razón: “Alejandro tenía razón. El tejido vecinal también”, afirma AV La Chispera.
La victoria de Alejandro frente al Ayuntamiento de Madrid, gobernado por la derecha —una institución tan poderosa como deficiente—, es una prueba de la fuerza de la resistencia organizada. Sin embargo, mientras investigaba su historia, me descubrí fijándome en otra cuestión. ¿Cómo llega alguien a convertirse en la última persona que queda en un edificio y negarse a marcharse? ¿Quién es Alejandro Ibáñez y qué mundo forjó a una persona que ha pasado toda una vida negándose a dar un paso atrás?
“Nací en un campo de concentración”
Alejandro es de Obejo, un pequeño pueblo de montaña en Sierra Morena, en lo alto de la provincia de Córdoba, donde la élite falangista controlaba la vida cotidiana del pueblo. Su padre, un cazador analfabeto, se negó a alinearse con quienes ostentaban el poder, aunque eso significara tener dificultades para encontrar trabajo. “En lugar de eso, sobrevivía cazando”, dice Alejandro. “Mi madre vendía las piezas a los vecinos, en el mercado del pueblo, o las llevaba a Córdoba para venderlas. Así se ganaban la vida.”

Cuando estalló la Guerra Civil española en 1936, las autoridades del pueblo elaboraron una lista de personas a las que querían matar, y el padre de Alejandro estaba en ella. Consiguió huir a Sierra Morena, donde pasó años guiando a las fuerzas republicanas por la sierra, ayudándolas a orientarse entre el calor extremo del verano y las intensas nevadas del invierno. “Aunque durante la guerra no llegó a disparar ni un solo tiro”, cuenta Alejandro, “a mi padre lo detuvieron prácticamente en cuanto regresó a casa.” España ya era franquista.
Su padre fue enviado a un campo de concentración y condenado a muerte. Mientras tanto, su mujer estaba embarazada de Alejandro. “Iba a visitarlo al campo una vez por semana para llevarle comida y, durante una de esas visitas, se puso de parto.” Alejandro nació en el hospital del campo, en el corazón mismo del aparato represivo del régimen fascista.
La guerra terminó y el padre de Alejandro logró sobrevivir al corredor de la muerte. La familia intentó retomar una vida normal, pero la dictadura apenas dejaba espacio para la normalidad. Las palizas, los confidentes, las denuncias y la presión constante de la vigilancia marcaron la vida familiar y también la de Alejandro. A los 11 años encontró una vía de escape: el toreo. “En vez de ir a la escuela, me escapaba al matadero de Córdoba”, donde se metía en los corrales y embestía a los novillos como si ya estuviera en la plaza.
“Me llevé mi muleta a África”
Su obsesión lo acompañó hasta la edad adulta, cuando fue destinado a Sidi Ifni, un antiguo enclave español situado en la frontera sur de Marruecos con el Sáhara Occidental. “Me fui a África con mi muleta. Todos los días practicaba allí, en el campo. La gente pensaba que estaba loco. Me levantaba a las seis de la mañana, entrenaba físicamente y practicaba sin parar porque nunca sabía cuándo podía surgir una oportunidad para torear”, dice.

“De verdad creía que era uno de los mejores toreros que había. No era famoso, pero lo creía de verdad.” Al final, pasaron dos años de servicio militar sin que Alejandro llegara a ver un solo toro, y su sueño de convertirse en torero empezó a desvanecerse. También comenzó a percibir una profunda desigualdad en el mundo del toreo. “La idea de que alguien pudiera ganar un millón de pesetas por una sola tarde de trabajo. No podía aceptarlo. Mientras tanto, la gente corriente tiene que empeñar sus pertenencias solo para poder comprar una entrada”, afirma.
Ya con poco más de veinte años, Alejandro se trasladó a Madrid y comenzó a trabajar en la construcción. Durante un tiempo dejó España para trabajar en unos astilleros de los Países Bajos, donde vivía en barracones junto a unos 1.500 trabajadores más. “No era un lujo, pero se vivía dignamente.” Después, la empresa intentó trasladarlos a unos bloques de apartamentos de nueva construcción, con habitaciones de apenas 12 metros cuadrados, donde cuatro trabajadores compartían literas. “Y encima querían cobrarnos una fortuna por aquello”, recuerda.
“Me negué a irme.” Entonces ayudó a organizar una huelga que paralizó la fábrica durante doce días. “La empresa nos cortó el agua y la electricidad para obligarnos a marcharnos, pero yo me quedé hasta que terminó mi contrato”, dice. “Me recuerda a lo que está pasando ahora.”
“Había intereses políticos de por medio”
El ruido constante del agua corriendo por el grifo de la cocina casi ahoga su voz pausada. “Tengo que dejarlo abierto”, explica. “Si no, se acumula el óxido.” El apartamento no tiene aire acondicionado integrado; hay filtraciones, manchas de óxido y signos de abandono, pero los problemas parecen deberse a la falta de mantenimiento del edificio más que a un fallo estructural evidente, justo lo que Alejandro lleva años defendiendo.
Se acerca a su mesilla de noche, abre el cajón superior y saca con orgullo el documento que confirma que puede quedarse en su casa. En una importante victoria, los tribunales dictaminaron la semana pasada que el Ayuntamiento de Madrid no tiene derecho legal a entrar en su vivienda, al señalar la ausencia de pruebas técnicas que justifiquen la necesidad de desalojar por completo el edificio. El auto deja claro que una medida de este tipo no puede autorizarse de forma automática, sino que debe demostrarse que es necesaria, adecuada y proporcionada, algo que el Ayuntamiento no ha logrado acreditar en ningún momento.

Nunca se presentó ningún informe técnico que explicara los riesgos de seguir viviendo en la residencia o por qué las obras no podían realizarse por fases. Tampoco el Ayuntamiento ha demostrado que sea necesaria una demolición, uno de los argumentos utilizados por la administración para justificar el vaciado completo del edificio.
“Estamos ante una decisión que frena una actuación municipal mal planteada y que desautoriza un nuevo intento de avanzar por la vía de la imposición”, afirma la asociación. El abogado de Alejandro, Víctor Palomo, de la cooperativa CAES, dice: “Se podría alegar que el ayuntamiento no ha seguido el procedimiento, que no se han hecho las cosas como se deberían de hacer y por tanto, podemos decir que aquí ha habido unos intereses políticos y que no estaban bien justificado.”
Pero esta victoria también lanza un mensaje político mucho más amplio: que el Ayuntamiento no puede doblegar ni desgastar a los vecinos por pura presión, que parece haber sido su principal estrategia. Como explica AV La Chispera: “No basta con encadenar decisiones administrativas e intentar después imponerlas por la fuerza.”

“Siempre supe que íbamos a ganar”
Con el apoyo de sus vecinos de la asociación, Alejandro ha pasado la última semana concediendo entrevistas y participando en programas, entre ellos esta conversación conmigo. El grupo de vecinos trabaja intensamente para mantener la atención mediática mientras sigue exigiendo que las obras de rehabilitación comiencen sin más demora. Aunque Alejandro tiene cinco hijos, en los últimos años han sido sus vecinos quienes se han convertido en sus compañeros de lucha. “Siempre supe que íbamos a ganar”, dice. “Por eso sigo aquí. Porque si dejamos de luchar, nos lo quitarán todo.”
Cuando el sol empieza a ponerse y la temperatura desciende unos pocos grados, damos un paseo por el Parque de la Cornisa, detrás de la residencia. Le hago algunas fotografías de la persona que creo que es Alejandro: un hombre sereno, cuyo pasado doloroso ha quedado atrás, pero cuyo futuro sigue siendo esperanzador. También es una figura inevitablemente pública, algo que parece no inquietarle en absoluto.
Me guía entre las amplias vistas sobre el sur de Madrid, con el deteriorado muro de ladrillo rojo de la basílica como telón de fondo. Parece un mundo completamente distinto de aquel pequeño pueblo de montaña de Córdoba donde creció bajo la represión franquista, donde aprendió por primera vez a luchar: primero con los toros y después por la justicia.
Le pregunto a Alejandro si alguna vez echa de menos el toreo y me responde que procura mirar siempre hacia delante. “Ni siquiera conservo fotografías; la nostalgia duele demasiado”, dice. Pero el espíritu de lucha sigue intacto. Entonces me pregunta: “¿Sabías que el toro muere de pie?” Le respondo: “¿Ese es también tu plan?” Sonríe y contesta: “Sí. Moriré de pie. Pero hoy no.”
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