52 pisos en Tribulete 7 se enfrentan a un desahucio masivo, pero los vecinos se resisten

Autora: María José Gayón / Fotos: Leah Pattem

José (de 71 años) es inquilino de toda la vida del edificio 7 en la calle Tribulete, en Lavapiés. Su hija Blanca, apodada Blankita por sus padres, pasó los primeros 30 años de su vida allí. A pesar de ya no vivir allí, ha tomado la batuta – junto con su madre, Blanca – de la defensa del piso en el que sus padres han vivido durante más de 40 años.

Las décadas cuelgan de las paredes y llenan las estanterías; las fotos de Blankita y sus hijas, Nerea y Leire, sirven casi como tapiz y le dan un aire de tiempo suspendido al comedor.

Siendo un edificio con 52 viviendas, todas ellas de alquiler, no me sorprende cuando Blankita me dice que quedan pocos inquilinos que llevan tanto tiempo como sus padres, y que los vecinos no se veían mucho hasta que llegó la noticia de que podrían quedar desahuciados. La madre de Blankita lo sospechaba, e incluso antes de recibir el aviso le advirtió a su hija que había visto “a gente trajeada por aquí y es muy raro”.

No han sido solo las vestimentas llamativas las que han delatado lo que les esperaba; en Tribulete 7 hay otros inquilinos que, como José y Blanca, son de renta antigua. La pareja ha estado pagando un precio fijo de 300€ desde que firmaron su contrato en 1981, una cantidad mucho menor a la media en la capital hoy en día. Pero si hubiese un cambio en la propiedad del inmueble, no se mantendrían los mismos derechos contractuales, lo que da a los nuevos propietarios la oportunidad de subir los alquileres y, por tanto, de desalojar a los antiguos inquilinos que no puedan pagar.

Es probable que Elix Rental Housing, la empresa de gestión inmobiliaria que busca comprar Tribulete 7, se apodere del edificio dentro de dos semanas de esta manera. Elix se dedica a la especulación. Adquieren edificios céntricos con propietario único, desalojan a los inquilinos, reforman los pisos y los vuelven a poner en el mercado con un precio de alquiler mucho más alto. En algunos casos, los utilizan como alquileres turísticos.

Pero, tras décadas de ver cómo los inversores inmobiliarios colonizan Lavapiés, los inquilinos ya conocen sus métodos habituales y se han organizado para resistir, apoyados por el Sindicato de Inquilinas, y la prolífica abogada especializada en vivienda Alejandra Jacinto. Los vecinos también están planificando un concierto para crear conciencia sobre el posible desahucio de todo el edificio y fomentar la unidad del barrio. Han invitado a políticos, periodistas y activistas locales para hacer el mayor ruido posible. Puedes encontrar toda la información en su nueva cuenta de redes sociales @vecinostribulete.

A pesar de su espíritu de lucha, las palabras de Blankita revelan cierto sentido de inevitabilidad, pues cree que “cuando se firme la compraventa y se vea más real, se empezarán a mover más los vecinos”. Su padre, José, está pensando ya en la mudanza: en la logística y gasto de una tarea tan monumental, sin hablar de la factura emocional de dejar el lugar que lo ha visto crecer desde los 5 años, pues José se crió con sus padres en un piso en la segunda planta.

Es difícil comprender que aquel edificio en el que, en 1981, el antiguo casero le ofreció personalmente el piso en el que formaría una familia, es el mismo del que ahora podrían echarlos sin miramientos.

En las últimas cuatro décadas la familia ha introducido muchas mejoras en este apartamento de 40 metros cuadrados, y no solo me refiero a los cuadros –algunos de ellos obras originales de Blankita cuando era pequeña– que cubren cada rincón. José se ha encargado, a lo largo de los años, de convertirlo en un hogar acogedor. En cada parada de nuestro pequeño tour por la vivienda José pudo señalar algo que él ha mejorado o añadido: en el comedor, él empotró las luces, en los dormitorios él ha instalado calefacción, y él ha reformado por completo una parte de la cocina para dar más espacio al baño, que al inicio no tenía ducha.

En la antigua habitación de Blankita, los años se agolpan al igual que los juguetes de su infancia se mezclan con los de sus hijas, que a menudo se quedan a dormir en casa de sus abuelos después de comer juntos allí como todos los sábados. El roce de tiempos se vuelve doloroso al notar un póster, desentonando entre peluches y muñecas, que dice “No más expulsiones de nuestros barrios. Tribulete 7 no se vende!”.

El piso, ante todo, tiene presencia. Contiene las vivencias de una familia y de quienes la componen, como seguramente lo hacen también los otros 51 pisos del edificio. Borrar de un solo golpe tantos proyectos, visitas, comidas familiares, aprendizajes y recuerdos no puede costar solamente lo que una gestora inmobiliaria esté dispuesta a pagar, y es por eso que Blankita, sus padres, y los vecinos de Tribulete 7 luchan. 

“Si no son estos, serán otros”, dice Blankita. “Si quieren vender, van a vender, pero que les cueste un poquito”. 


María José Gayón es una periodista independiente con sede en Madrid. Tiene un máster en Periodismo de Investigación y ha realizado reportajes para varias revistas y medios de comunicación españoles e internacionales, como BBC Scotland Radio y Times Radio.

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