Autora: Roxy Pérez Manrique / Fotógrafa: Anastasia Conley
La primera vez que entré en el huerto urbano de Lavapiés, Esta Es Una Plaza (EEUP) no fue pensando en el cambio climático. Llegué como maestra de Educación Primaria, buscando un lugar donde mi alumnado pudiera experimentar la vida en comunidad más allá del aula. Tras una discreta puerta metálica en el número 24 de la calle Doctor Fourquet descubrí un jardín autogestionado que se convirtió en una auténtica extensión del colegio. Allí los niños y niñas sembraban hortalizas, observaban insectos, cuidaban el espacio, conocían a vecinas de distintas generaciones y aprendían que también se educa cuando se comparte la responsabilidad sobre un lugar común.
Con el tiempo seguí volviendo. Empecé a asistir a las asambleas mensuales y a las jornadas de mantenimiento, esta vez acompañada de mi hija. Como madre de una niña pequeña que crece en uno de los barrios más densos y calurosos de Madrid, encontraba tranquilidad bajo la sombra de sus árboles, entre el aroma de las plantas aromáticas y en un espacio seguro donde podía jugar con libertad, lejos del tráfico. Pero aquel refugio fresco que nos acogía cada verano no había surgido por casualidad, ni como parte de un plan de adaptación climática o de un proyecto municipal. Era el resultado de casi dos décadas de trabajo colectivo, durante las que un grupo de vecinas había cuidado un solar abandonado hasta transformarlo en un oasis urbano.

Eso es precisamente lo que hace de Esta Es Una Plaza un lugar excepcional. Su propio nombre es toda una declaración de intenciones: un solar olvidado podía convertirse en una plaza gracias a la acción colectiva. En 2008, cuando terminó un taller sobre la transformación de espacios vacíos impulsado por La Casa Encendida, las vecinas decidieron no permitir que el terreno volviera a caer en el abandono. Construyeron bancales, plantaron árboles, organizaron asambleas abiertas y dieron forma a un espacio común gestionado por la propia comunidad. Lo que comenzó como una experiencia de organización vecinal terminó convirtiéndose en uno de los huertos urbanos comunitarios con más recorrido de Madrid.
Hoy, en EEUP se cultivan verduras, se reparan bicicletas, se intercambia ropa, se organizan sesiones de cine al aire libre y, sobre todo, la gente comparte tiempo sin necesidad de gastar dinero. A medida que los árboles fueron creciendo, el vecindario empezó a notar algo inesperado: el jardín se mantenía sensiblemente más fresco que las calles que lo rodeaban. Sin proponérselo, habían creado uno de los refugios climáticos informales más eficaces de Lavapiés, un lugar donde la infancia juega mientras las personas mayores descansan bajo la sombra.
El valor de espacios como EEUP queda reflejado en la cada vez más influyente regla urbana del 3-30-300, que propone que toda persona pueda ver al menos tres árboles desde su vivienda, vivir en un barrio con un mínimo del 30 % de cobertura arbórea y tener un espacio verde de calidad a menos de 300 metros de casa. En barrios densos como Lavapiés, donde estas condiciones distan mucho de estar garantizadas, los jardines comunitarios ayudan a cubrir esa carencia y hacen que la ciudad sea más fresca, saludable y resiliente frente al calor.

El verano pasado, EEUP se unió a otros colectivos de Lavapiés a través de la Asamblea del Museo Situado para colaborar con el Museo Tentacular, en el Museo Reina Sofía, en la creación de un refugio climático comunitario piloto en el patio del museo. Junto a otros colectivos del barrio, identificamos y cartografiamos lugares donde encontrar sombra, agua potable y espacios de descanso durante los episodios de calor extremo, ampliando la idea del refugio climático más allá de un único jardín para convertirla en una red de espacios públicos acogedores.
De esa colaboración nació también El Cachivache, un laboratorio ciudadano organizado por Grigri Projects en Infinito Delicias. El prototipo fue diseñado por integrantes de Esta Es Una Plaza y Maestras del Barrio, que trabajaron junto a arquitectos, carpinteros, educadores, vecinas y estudiantes. El resultado fue un refugio climático portátil pensado para llevar sombra, descanso y cuidados comunitarios a calles, patios escolares y plazas especialmente expuestos al calor, al tiempo que promueve la importancia de los espacios verdes.

Según la Organización Mundial de la Salud, el calor es el fenómeno meteorológico que más muertes provoca, muy por encima de las inundaciones, las tormentas o cualquier otro episodio extremo. Entre los años 2000 y 2019 se estima que cerca de 489.000 personas fallecen cada año por causas relacionadas con el calor. Alrededor del 36 % de esas muertes se produjeron en Europa, convertida ya en uno de los principales focos mundiales de mortalidad asociada a las altas temperaturas. Solo durante el verano de 2022 se atribuyeron al calor extremo unas 61.672 muertes adicionales en el continente. Además, el riesgo para las personas mayores ha aumentado de forma muy significativa: la mortalidad asociada al calor entre la población mayor de 65 años se ha incrementado aproximadamente un 85 % en las dos últimas décadas.
El calor extremo no solo afecta a la salud física. También está relacionado con problemas de salud mental, el agravamiento de las demencias y los trastornos del sueño. Las noches tropicales, provocadas en gran medida por el efecto isla de calor urbana, en el que los materiales de construcción acumulan calor durante el día y lo liberan por la noche, resultan especialmente peligrosas cuando las temperaturas no descienden durante semanas. Ese estrés térmico acumulado impide que el organismo se recupere y aumenta el riesgo de enfermedad y muerte. Sin embargo, la mayoría de estas muertes son evitables, y aumentar la presencia de naturaleza en las ciudades es una de las herramientas más eficaces para salvar vidas.
Los espacios verdes refrescan los barrios, mejoran la calidad del aire, absorben el agua de lluvia y hacen que las ciudades densas sean más habitables. Pero también generan algo igual de importante: lugares donde las personas permanecen el tiempo suficiente como para conocerse. Bajo la sombra de los árboles juega la infancia mientras sus familias conversan; las personas mayores se reúnen para escapar del calor de la tarde; las personas voluntarias cuidan juntos de los huertos; quienes pasan por allí hacen una pausa para descansar. Esos encuentros cotidianos construyen confianza. Y durante una ola de calor, esa confianza puede traducirse en comprobar cómo está un vecino mayor, compartir agua con quién la necesita o abrir un espacio fresco donde refugiarse. Es, en definitiva, lo que permite que una comunidad cuide de quienes la forman.

Esta Es Una Plaza nos recuerda que la resiliencia climática no siempre comienza con grandes infraestructuras financiadas con millones de euros por las administraciones públicas. Muchas veces empieza recuperando un solar abandonado, plantando árboles cuya sombra se hace más generosa con los años y creando lugares donde las vecinas llegan a conocerse lo suficiente como para cuidarse unas a otras. Muchos barrios ya cuentan con los ingredientes necesarios: terrenos infrautilizados, personas comprometidas y organizaciones locales dispuestas a impulsar formas colectivas de gestionar y cuidar los espacios compartidos.
Al mismo tiempo, proyectos como Esta Es Una Plaza ponen de manifiesto la fragilidad de muchas soluciones climáticas impulsadas desde la ciudadanía. El jardín existe gracias a una cesión de uso concedida por el Ayuntamiento de Madrid, lo que significa que su continuidad depende, en última instancia, de la renovación de ese permiso. Después de casi veinte años generando beneficios ambientales, educativos y sociales, su futuro sigue sin estar garantizado. Si las ciudades quieren tomarse en serio la adaptación al cambio climático, las instituciones públicas deben ir más allá de reconocer el valor de estas iniciativas. Necesitan proporcionar estabilidad a largo plazo, inversión, un mejor acceso al agua y la seguridad jurídica necesaria para que puedan seguir existiendo.

Ya sea a través de un huerto autogestionado o de un prototipo portátil como El Cachivache, el principio es el mismo: la adaptación al cambio climático empieza en las comunidades. Pero si esperamos que sean ellas quienes cuidan de los espacios que hacen nuestras ciudades más resilientes, también debemos proteger esos espacios. En un futuro cada vez más cálido, las ciudades necesitarán no sólo calles más frescas, sino también el compromiso de preservar aquellos lugares donde el vecindario se encuentra, construye lazos de confianza y genera una resiliencia que ninguna infraestructura, por sí sola, puede ofrecer.
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